Como
todos los viernes empezamos la mañana con robótica. Dividimos a la
clase en cuatro grupos para que tanto ellos como nosotras pudieramos
trabajar de una forma más productiva. Esta vez había dos mapas, uno
imitaba una ciudad y el otro al mar con diversas islas y animales. La
idea era que los niños programaran mediante nuestras indicaciones a
los “bee-bot”, que son robots educativos con forma de abeja muy
sencillos de utilizar, para llegar de un punto del mapa al otro.
Lo
que más me gusta de estas clases es que participo de una forma muy
activa, ya que hago lo mismo que la otra profesora. Por grupos y en
inglés, primero les narraba una breve historia sobre porque bee
quería llegar a la otra punta del mapa, después por turnos
programaron todos a la abeja a través de indicaciones tan básicas
como “go” o “forward”, que les sirven para saber que botones
deben pulsar.
Este
tipo de actividades están bien no solo para que jueguen y aprendan
cierto vocabulario, sino también para que aprendan a esperar, ya que
solo tenemos dos robots y solo somos dos profesoras. Debo añadir
también que a su vez a veces esto último hace difícil conseguir
que la clase este calma, pues logicamente las mesas en las que no hay
robot se aburren y alborotan.
La
tutora llevaba un rato en clase trabajando en otros asuntos mientras
todo esto tenía lugar. Asique cuando terminamos, animada por todo lo
que se habló en la reunión de ayer y aprovechando que quería
acabar lo que estaba haciendo antes de empezar a dar la clase, me
acerqué y le pedía hacer yo la rutina. Aceptó encantada y allí me
fui yo, a ver a quien le tocaba hoy ser el encargado. Me gustó la
experiencia, pero debo de admitir que en ciertos momentos se me
descontrolaba la clase y no sabía muy bien que hacer, espero poder
ocuparme yo a partir de hoy de estas rutinas y poco a poco coger la
soltura que se necesita.
Al
terminar repartimos rápido los libros para que hicieran una ficha de
lógico-matemática antes de la merienda. Cuando hacen fichas también
trabajo como si fuera una profe más, pues los voy ayudando de forma
individual a que hagan las cosas bien.
A
medida que iban acabando iban cogiendo sus meriendas y cuando la
mayoría ya habían terminado la tutora se los llevó al patio. Yo me
quedé en clase con los que aun no terminaran, pero casi no estuve
fuera porque la profesora de la clase de al lado me pidió que me
hiciera cargo de los niños que quedaban en la suya y hubo una niña
que debió de terminar la manzana 10min antes de que se acabara el
recreo.
A
la vuelta nos juntamos los tres grupos de 4 años en una misma clase
para practicar las dos canciones que cantaran en la iglesia el día
de la Niña María, porque por si aun no lo dijera la Compañía de
María es un colegio religioso fundado por Juana de Lestonnac. El
ensayo no salió muy bien, pues se notaba que era viernes a última
hora. Al rato cada grupo volvió para su clase y en la nuestra
aprovechamos para acabar las fichas atrasadas de otros días.
Antes
de marcharnos hubo un pequeño incidente que me llamó bastante la
atención. Todos los días la tutora anota en un calendario que
tienen en la pared quien trajo fruta. Los viernes, aquellos que la
trajeron tres o cuatro días de la semana se llevan el premio. Uno de
los niños que tenía que llevarse hoy un premio se portara muy mal
en el ensayo y lo amenazaron con no darle esta recompensa. Cuando ya
estaban cogiendo sus mochilas, que era el momento en el que la profe
les daría los sugus a los niños “ganadores”, este empezó a
llorar y a decir cosas como “no me vas a dar los sugus porque no
valgo para nada”, “todo lo hago mal, “siempre me porto fatal”,
etc. Comentarios a los que se le suma que el otro día dijo en mitad
de una clase que a el nadie lo quería. Me dejó un poco preocupada,
porque hasta donde yo se lo normal a estas edades es tener una buena
autoestima y un gran ego, pero tampoco se si debo darle más
importancia, espero que se trate solo de una forma de llamar la
atención y conseguir lo que quiere.
Y
así transcurrió este segundo viernes de prácticas.
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