Como todas las mañanas, al llegar los pocos niños de mi
clase estaban acompañados por alumnos de otras clases. Poco después se llevaron
a los más pequeños para su aula y nos quedamos los de la clase de al lado y los
de la mía. Por el pequeño lío de profesoras que está habiendo esta semana, hoy
se quedaron más de lo habitual, y, en ese tiempo, los niños estuvieron jugando
a su aire, así como construyendo torres con bloques de cartón con nuestra
ayuda. Mientras, mi tutora me comentó que hoy podíamos poner en práctica la
idea que me había comentado hace tiempo para que los niños experimentasen con
pintura sin mancharse. Esta idea consiste en verter unos pequeños montones de
pintura, témperas en este caso, en unas cartulinas o cartones, y a continuación
forrarlas con film transparente. Así, los niños pueden tocar y pisar los
lienzos creando su propio dibujo pero sin el impedimento de mancharse la ropa. En
cuanto la profesora del aula contigua vino a recoger a sus alumnos, mi tutora y
yo nos pusimos a preparar los materiales para poner en práctica la actividad. Mientras
trabajábamos vino la auxiliar a sustituir a mi tutora para que ella hiciese el
descanso que le correspondía, y procedió a sacarlos al patio interior. Yo la
ayudé a sacar a todos los niños y después me quedé en el aula dando los últimos
toques al material para que quedase listo. Al finalizar, salí con ellos al
patio. Una vez allí, mi tutora se acercó un momento con unos trozos de pan para
que me encargase de repartirlo entre los alumnos como hace ella todas las
mañanas. Como siempre, su comportamiento en el patio llamó la atención de las
profesoras y padres y madres que pasaban, al ser un grupo muy tranquilo y
relajado. Después de un tiempo en el patio plagado de juegos, suplicas por más pan
y algún que otro trozo babado recibido como regalo, mi tutora regresó y un rato
más tarde procedimos a entrar en el aula para la clase de música. Me encargué
de sentarlos en la colchoneta correspondiente mientras la profesora de música
preparaba el material que iba a utilizar, y me senté entre los niños a
disfrutar con ellos de la clase. Con el más rebelde entre las piernas para
tenerlo controlado y otro en el colo (ya que llevaba dos semanas enfermo y
ahora no se encuentra muy a gusto en la clase), la profesora empezó con sus
canciones. Cantó y contó cuentos mientras tocaba el teclado en los que colaboramos con los instrumentos
que nos repartía, primero campanillas de metal, después unos tambores que se
golpean agitándolos y, por último, unos huevos que hacen la función de maracas.
Como pude observar en todas las clases de música los niños no hacen apenas caso
de lo que les canta o cuenta la profesora, además de no seguir sus
instrucciones, lo cual es comprensible, ya que a menudo son demasiado complejas
y ellos son muy pequeños. Aún así, las campanillas que usamos hoy parecieron
despertar más su interés que otros instrumentos usados anteriormente, llegando
algunos a quedarse con ellas durante toda la sesión aunque la profesora les
ofreciese otros instrumentos. Esta ha sido la primera clase de música de la que
he sido testigo con los gemelos, y he podido observar que el niño con síndrome
de Down participa más que la mayoría y con más entusiasmo en esta clase.
Al acabar la media hora de la clase, mi tutora y yo fuimos conscientes del poco tiempo que nos quedaba hasta la hora de la comida y de que no nos iba a ser posible realizar la actividad de las témperas. Nos tocará intentarlo mañana, aunque tendremos que realizarlo en dos tandas, una temprano con los niños que llegan antes, y otra justo antes de comer con los niños que hayan llegado a lo largo de la mañana. Una vez tomada la decisión empezamos a prepararlos para la comida, con la rutina de siempre, primero quitar camisetas y jerséis y después poner los mandilones, comprobando siempre quien necesita cambiar el pañal. A continuación toca darles de beber y lavarles las manos, mientras mi tutora va colocando las camas de cada uno para tenerlas listas al acabar de comer. Una vez hecho esto vamos colocando las sillas y sentando a cada uno en su sitio mientras esperamos por el carro de la comida. En este momento llegó el auxiliar y tanto él como yo nos sentamos en nuestros sitios habituales. Mi tutora nos repartió los platos y empezamos a darles la comida. El auxiliar se encargó de los gemelos, ya que son los que más problemas ponen, sobre todo después de dos semanas enfermos, y mi tutora y yo nos encargamos de los demás para que él se pudiera centrar en ellos. La hora de la comida fue un poco extraña para mí, ya que de los tres niños de los que me encargué, los dos que habitualmente comen sin problema se pusieron difíciles y el que es común que le cueste comer comió mejor de lo normal, aunque no sin dificultad. Con uno de los primeros descubrimos una estrategia que funcionó a la perfección para que abriese la boca para comer: mi tutora me cantaba a mí la canción de “sube sube una hormiguita y me rasca la cabecita […]”, y le fascinaba tanto que me rascase a mí la cabeza que metía la comida en la boca al momento mientras se reía. A medida que iban acabando los levantaba, les lavaba la cara y las manos y les quitaba el mandilón. Mandándolos a la zona libre de la clase para que jugasen un poco antes de acostarse. Después de que todos acabasen, de recoger las sillas y de esperar un poco mientras jugaban ya que hoy acabamos con tiempo, le empecé a pasar a mi tutora a los niños que habían hecho caca, y, una vez cambiados, los fui acostando. Tanto el auxiliar como yo nos sentamos entre las camas de los niños y tranquilizamos a los que intentaban levantarse. Una vez dormidos, me despedí de mi tutora y me fui, como siempre, al aula de los bebés más pequeños.
El resto del día en el aula de bebés fue muy tranquilo, su profesora no estaba hoy, pero en su lugar estaba la auxiliar con la que tengo bastante confianza, por lo que estuve cómoda y relajada. Mientras ella le daba de comer a un bebé yo entretenía al más pequeño, cogiéndolo en el colo cuando se cansó de estar tumbado. Como parecía entrarle el sueño lo subimos al columpio, donde estuvo muy tranquilo hasta que vinieron a buscarle. Como estaba todo muy tranquilo la auxiliar y yo estuvimos sentadas en la colchoneta con los niños que estaban despiertos, donde estuvimos comentando la situación de una niña que, teniendo casi nueve meses no hace el menor intento de moverse, poniéndose histérica incluso si intentas ponerla en otra postura que no sea sentada o tumbada boca arriba. Después de que algunos se durmieran y a otros los viniesen a recoger, llegó la hora de irme teniendo solo a un niño despierto y otra a punto de dormirse.
En resumen, un día como muchos otros en los que queda claro la importancia de las rutinas en unas edades tan tempranas y que me demuestra que aunque a veces planifiques actividades no significa que todo vaya a salir como planeaste.
No hay comentarios:
Publicar un comentario