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lunes, 5 de noviembre de 2018

¡Primer día en la escuela!



Parecía que no iba a llegar nunca, pero ya estamos a 05 de noviembre de nuestro tercer año de Educación Infantil y, por fin, empezamos las tan ansiadas prácticas. Después de haber estudiado tanto sobre cómo son los niños y niñas, sobre qué teorías existen acerca de su desarrollo, sobre las metodologías que se pueden aplicar en un aula… hemos podido entrar en contacto con la realidad de un aula de Educación Infantil.

El día de hoy ha sido un día lleno de nervios y de gran expectación. A las diez de la mañana comenzaba esta aventura en la escuela infantil Breogán. Tan pronto llegamos, la directora nos recibió y nos invitó a pasar a su despacho, donde tuvimos una pequeña reunión para aclarar temas de horarios y las aulas que nos tocarían a cada una. Tras esto, nos ha acompañado en un paseo por el colegio, mientras nos iba mostrando las diferentes estancias que lo forman. Entre estas se encuentran un sótano, que sirve tanto de almacén como para el descanso del profesorado; un cuarto de limpieza y un aseo; un comedor con cocina propia; un hall, que sirve como patio de juegos interior y, por último, nos enseñó también la localización de las seis aulas que conforman la escuela. Al mostrarnos cuál era cada aula, diciéndonos su número y la edad de los niños y niñas que había en cada una de ellas, aprovechó para ir introduciéndonos a cada una en el aula que se nos había asignado.

Así pues, comenzó mi experiencia en el aula 6. Entré expectante, intentando captar todo lo posible de ese lugar, hasta entonces desconocido para mí. Al entrar, la profesora María se acercó para conocerme y aprovechó, también, para indicarme donde podía dejar mis cosas y ponerme la bata. Puesta ya mi bata blanca, pude acercarme al grupo de infantes sentando en la colchoneta esperando que la profesora acabase de leer el libro que había empezado y cuya lectura había interrumpido yo con mi entrada. Me acerqué hasta donde estaban los pequeños y pequeñas y, al igual que la profesora, me senté con ellos. María continuó leyéndoles el libro, mientras, de vez en cuando, hacía alguna pausa para llamar la atención del algún niño o niña que no prestaba atención: algunos se levantaban para mirar por la ventana, otros cogían algunos juguetes que encontraban por allí…

Tras haber acabado con la lectura del cuento, María decidió ir a tomar un café, por lo que una persona que trabaja como apoyo educativo entró en el aula para sustituirla durante ese tiempo. Durante este periodo, estuvimos jugando con los pequeños y pequeñas a un juego de construcción intentando construir una fila de cubos lo más larga posible. Al principio, algunos niños estaban algo dispersos, pero poco a poco, fueron juntándose e interesándose por la actividad y, finalmente, estábamos la gran mayoría participando en el juego. A algunos pequeños les costaba colocar las piezas correctamente, pero con un poco de ayuda, eran capaces de acomodarlas correctamente. Con esto no quiero decir que fuese yo misma la que colocaba las piezas, sino que les ofrecía algunas pistas para que fuesen ellos mismos capaces de hacerlo, pues considero que es importante ofrecer alguna pequeña ayuda, pero no solucionarles nosotros mismos los problemas. 

Pasados unos quince minutos, volvió María al aula y comenzamos una nueva actividad. En este caso, la profesora puso a disposición del alumnado una serie de puzles y les pidió que se sentasen cada uno en una de las sillas alrededor de la mesa. Algunos de los pequeños y pequeñas hacían caso y se sentaban, mientras tanto, otros corrían por el aula, algo que aprendí que la profesora tiene prohibido. Por lo tanto, cuando esto sucedía, la profesora reñía a aquel que veía corriendo y le recordaba que eso solo puede hacerlo en el hall de juegos. Durante el desarrollo de esta actividad, yo me acercaba a algunos niños y niñas para ver cómo resolvían los puzles y ofrecía esas pistas de las que hablé anteriormente cuando lo creía necesario. También resolví algunos pequeños conflictos que surgían entre el alumnado, cuando, por ejemplo, dos niños querían la misma pieza. Otra de las razones por las que la profesora reñía a los infantes era a consecuencia de que estos decidían lanzar las piezas al suelo.

Eran casi las 11:30 y se acercaba la hora de inglés. En la escuela Breogán disponen de un profesor de inglés que viene para dar clase durante media hora los lunes y los miércoles. Durante la clase de inglés se podía apreciar como los educandos estaban atentos y prestaban atención a lo que decía el profesor. Cabe destacar que este disponía de varios instrumentos, entre ellos una guitarra y un acordeón, y los utilizaba para acompañar algunas canciones que les cantaba a los pequeños y pequeñas. Con algunas canciones pedía a los infantes que bailasen o que saltasen. Durante uno de estos bailes, una de las pequeñas me cogió de la mano y me pidió que bailara con ellos y así lo hice. El profesor continuaba enseñándoles los animales, la diferencia entre grande y pequeño, entre otras cosas; hasta que, cuando veía que los niños empezaban a dispersarse, pues entonces comenzaba una nueva actividad que implicase movimiento.

Ya pasada la media hora en la que el profesor de inglés imparte clase al alumnado, este se despide y se va. Entonces comienza la hora del recreo. Salimos al hall de juegos con los pequeños y pequeñas y dejamos una hora de juego libre hasta que llegue la hora de comer. Durante este periodo hay varias peleas por conseguir una moto o porque un niño le pega a otro. Mientras estaban jugando, una de las niñas se dio un golpe contra la escalera del tobogán y, en consecuencia, comienza a llorar y le sale un moratón al lado del ojo. A pesar de que ha sido un buen golpe, la pequeña deja de llorar rápidamente y vuelve a jugar como si nada.

Se acercaba la hora de ir al comedor y había que recoger los cuentos, aparcar las motos y los triciclos, guardar las pelotas… Al principio era difícil que hiciesen caso, pero poco a poco, fueron guardando todo.

A las 13:00 los infantes que disponen de esa opción pasaron al comedor y yo tuve la oportunidad de ir para casa a comer.

A las 14:00 estaba ya de nuevo en la escuela. Era la hora de la siesta, por lo que me indicaron que entrase en el aula en el que estaban los niños y niñas durmiendo. El aula estaba a oscuras, con todos los pequeños y pequeñas durmiendo en una hamaca en el suelo con música clásica de fondo. Durante este tiempo, las profesoras se acercan a aquellos alumnos y alumnas que les cuesta más dormir y los acarician tratando de relajarlos. Asimismo, una vez que ya todos están dormidos, aprovechan, entre otras cosas, para cubrir las libretas de cada infante.

Llegan las 15:30 y es hora de despertar. Algunos pequeños y pequeñas se van levantando antes, otros siguen dormidos. Las profesoras ayudan a aquellos que están levantados a calzarse y los pone en el baño para hacer pis y cambiarles el pañal. Cabe mencionar que, a pesar de que se les indica a las familias que vistan a sus hijos con ropa cómoda para así fomentar su autonomía, la gran mayoría de los niños y niñas vienen vestidos con bodis. Supongo que esto se debe a que tienen miedo de que pasen frío y prefieren que vayan bien abrigados.

Tras haber hecho pis, los niños y niñas salen a jugar al hall mientras esperan a que empiecen las clases de la tarde o a que sus padres vengan a buscarlos. Así pues, muchos alumnos y alumnas son recogidos por sus padres durante este periodo.

En el horario de tarde, al ser pocos educandos, se juntan aquellos que pertenecen al aula 1 con los del aula 6, haciendo así un total de ocho alumnos y alumnas.

Estamos nuevamente en el aula 6, pero esta vez no estoy con la profesora María, sino con Carma. Para comenzar con la clase de la tarde, los niños y niñas se sientan en la colchoneta y Carma les lee un cuento. Tras esto, vamos hasta la pileta y se van lavando las manos para, posteriormente, sentarse en las sillas de la mesa. Una vez que están todos con las manos limpias y sentados en su silla, comenzamos a cantar algunas canciones hasta que llegó la merienda a las 16:30, un trozo de pan con jamón cocido y un yogur para cada uno. La profesora colocó a cada infante un babero y cortó tanto las lonchas de jamón como el pan en pequeños trozos y los colocó en un plato que iba entregando a los pequeños y pequeñas. Todos iban comiendo por ellos mismos su comida. A continuación, les iba dando el yogur a aquellos que ya habían acabado el pan con jamón. Al acabar de comer, cada pequeño recogía su plato y el yogur y se lavaba las manos y la cara. Una vez que acababan de recoger y de lavarse ya podían pasar a jugar.

Mientras los pequeños y pequeñas corrían y jugaban por el aula, la profesora me indicó que ya eran las 17:00 y, por tanto, se había acabo mi jornada y era el momento de volver a casa.

Es cierto que estoy cansada, pero también entusiasmada y con ganas de ir aprendiendo cada vez más sobre el funcionamiento de la escuela y así poder integrarme y tener una mayor actuación dentro del aula.

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